mayo 29, 2006

Ensombrecen



Y los santos pregonan la caída
de la Tierra, la lluvia los apaga,
el silencio ahogó sin esperanza
a los ojos del tiempo y de la vida.

Corazones de lata se ensombrecen
y la carne se cae del difunto.
La neblina que oculta a este mundo
calcinaba las letras que envejecen.

De rodillas dobladas, laceradas,
en torrentes de sangre que se escurre
entre piedras quemadas, ya no suben.

(Recorriendo sus huellas olvidadas
la penumbra se come y se vomita
y el hastío sumerge en pesadillas.)

Lavengro
Escrito en abril 16 de 2005.

mayo 19, 2006

Venganzas


El tiempo magnético de una noche de tormenta caía sobre el pálido rostro del amante perdido, mientras deambulaba descalzo sobre una colina incierta. Tristemente sus pasos simulaban un cuerpo informe que caía desde la pendiente de la duda al abismo de lo inverosímil, naufragando en un mar muerto y negro, en un sueño sin sueños; hasta que se desplomó sin remedio sobre el pasto inundado de tanta lluvia.

Profundamente en su conciencia, un atisbo de idea se fraguaba, una intención macabra y llena de excelsitud, según él, de limpiar su nombre ya inmundo mucho antes de los hechos que lo atormentaban.

Era bella, de largos cabellos negros y ojos aún más negros, hondos como dos pozos inmensos; su piel blanca, pero no del típico blanco, sino uno lívido, enfermizamente pálido, y suave, muy suave; los contornos de su delgada cintura eran la delicia de los sueños que atormentaban a Casanova, al Marqués, a todos -y a mí, por qué no-; sus labios como la sangre... Era bella, tanto que ya no puedo seguir... no, no puedo. Y menos ahora que recuerdo haber tenido entre mis brazos su cuerpo frío, vacío, inerte.

No creo que pueda terminar de escribir estas líneas, el deseo de venganza se hace cada día más profundo en mi interior, mató sin más a la única mujer que ha tocado mi alma, que entró en mi vida sin romper las barreras que he mantenido desde siempre, que anuló mis ansias de soledad. Poseí su amor, me dio la dulzura de su cuerpo húmedo, la suavidad de sus pechos contra el mío, el dolor de tener que dejarla cada mañana, mientras dormía desnuda en nuestra cama.

Ahí tirado en el pasto, mojado hasta las entrañas, metió su mano entre los pliegues de su camisa y sintió cómo la sangre manaba viva de la herida que recibió, la entrada limpia de la bala que le arrebató su vida miserable. Su último pensamiento fue, entre que ya no podría vengarse, el deleite de ser el único que había dado muerte a esa mujer que nunca fue suya, y que ya no pertenecería a nadie más.

Ya no más, reconozco que fui yo quien disparó el arma que dio muerte a ese maldito y no me arrepiento, y si me mato, si me suicido, es para alcanzarla, para estar nuevamente a su lado.

Lord Lavengro
Viña del Mar, Mayo 19 de 2006.

mayo 09, 2006

Los Ojos de la Muerte

En una oscura cantina me esperaba, sentada bajo el único farol que no daba la pálida luz amarillenta y sensiblemente mortecina de los demás, mientras bebía de una copa también amarillenta algo que parecía vino. Una oscura capucha cubría su rostro por completo, por lo que me fue imposible descubrir quién era, lo que en ese instante me preocupó en lo más mínimo.
Mis lacónicos comensales de siempre estaban arrumados sobre la barra teniendo esa extraña conversación en que todos hablan casi al unísono, diciendo muchas palabras, mas callando sus intenciones; aunque me extrañó lo pálidos que estaban, a pesar de los litros de negra cerveza que a esas alturas de la noche habían bebido a destajo. Cuando me acerqué a ellos, saludando al aire como era mi costumbre, me senté a su lado y me sirvieron sin más una copa de vino -tan constantemente pedía lo mismo que ya no era raro que el cantinero lo dispusiera sin más frente a mi cara cansada después del trabajo tedioso en la morgue del único hospital de este pequeño pueblo, si es que se le puede llamar hospital a esos cuatro palos podridos-, del cual bebí un largo sorbo antes de encender mi cigarrillo.
Estaba tan concentrado en mi copa y cigarrillo (ceremonia sublime de adoración a los dioses del vicio) que no me percaté que mis amigos estaban callados desde el mismo instante en que me había sentado junto a ellos, hasta que Berliot alzó su cabeza más gacha que de costumbre y me miró fijamente a los ojos, como intentando silenciar una declaración inevitable: la dama de la esquina me pidió que te enviara junto a ella cuando llegaras, me dijo. Le pregunté si había dado algún nombre o algo, nada, no logré sacarle palabra alguna, es más, bajó la mirada y siguió contemplando como ipnotizado su ya vacío jarrón de cerveza.
En un abrir y cerrar de ojos estaba camino hacia la mesa donde estaba esa enigmática mujer, mas algo en mi interior me obligaba a dar pasos erráticos, haciendo mi caminar torpe y lento. Cuando ya estaba junto a ella, con un ligero movimiento de su pálida mano, más blanca de lo que jamás había visto, me invitó a sentarme en el único asiento disponible: un piso medio quebrado que por lo general nadie utiliza, si no es cuando ya no quedan más puestos en las escasas fiestas que se organizan en el bar, pues siempre estamos los mismos hombres que buscamos esa acompañada soledad conocida sólo por los viejos de cantina; mansamente seguí su silenciosa indicación.
Ya frente a ella, ví su rostro lívido y un pequeño riso negro -lo que no puedo asegurar, pues su capuchón cubría de una sombra inquietante su cara-; mas nada me llamó más la atención que sus ojos brillantes, quizás lo único luminoso que ese bulto permitía observar, inquietantes, fríos y malévolos qué es lo que intentan decirme tus ojos de lince herido la noche no es para gente como tú ni para nada qué qué quién eres no conoces que la vida mía ya no es de amores si no eres nadie que conozca o deba conocer dónde pensaste que yo era alguien que te puede ayudar si sólo son muertero te haces la interesante pero si por qué me inquieto si aún no has hablado pero tus ojos No te impacientes tanto si aún no nos hemos presentado, me dijo, como leyendo mis raros pensamientos que no eran mada sino sólo extrañas interrogantes que llegaban en oleadas de interpretaciones de nada. Ahora que recuerdo nunca me dio su nombre ni yo el mío, rara manera de conocernos.
-Traigo un mensaje que no se dá a cualquiera, trágico y renovador...
-Qué puede ser eso, de qué me estás hablando- grité casi. Me interrumpió con un pequeño novimiento de su cabeza hasta ese minuto inmóvil como sus pápados que estaban fijos, igual a los muertos que visto de vez en cuando, pues no hay suficiente gente en este pueblucho olvidado, del que todos se marchan y sólo se quedan los desesperanzados como yo.
-Sólo mira mis ojos- dijo.
vacíos ojos sin parte de referencia ni pupilas tienes son amaraillos negros no sé relucen pero siguen siendo vacíos no veo nada dicen qué es lo que quieres que mire mejor enciendo un cigarro necesrio que me calme que eres quién de a dónde me conoces
-Mira mis ojos y sabrás por qué estoy aquí y quién soy.
En ese instante recuerdo que sólo cayé y vi, vi en el interior de esa caverna ocular... Por eso ahora escribo, para que alguien recuerde este sueño, que espero que sea un sueño y despierte mañana, rogando que sus calladas palabras sean mentira generada en alucinaciones etílicas, como siempre y que no sólo tenga plazo para llegar a mi cama sí un sueño debí soñarlo; mas los ojos de la muerte se ven sólo una vez cada...

Lord Lavengro
Viña del Mar, Mayo 9 de 2006.

mayo 02, 2006

A Dónde?


El blanco de lívido crónico en tu piel
persiste como ancla posada en mi retina,
volviendo una vez y otra vez como marea
al sueño nocturno en que veo tu silencio.

Parado en la noche recuerdo aquellas manos
bajando la ruta roída del crepúsculo,
tus manos de sabia, de madre de la tierra.
Sonríes sin verme ni risa verdadera.

¿Y dónde quedaron tus ojos laberínticos?
¿Por dónde marcharon tus voces que llegaron
desnudas, calladas, sin ecos ni palabras?
Te veo vacía, sin vida y sin la muerte.

Tu cuerpo es tu cuerpo; mas, tu alma no te existe,
no muestra tus pasos y el canto de tus versos.
¿Y dónde quedaste paloma fronteriza?
¿A dónde llevaron tus ojos, lapidándote?

Lavengro
Escrito en Viña del Mar, enero 24 de 2006.

abril 18, 2006

Tinieblas y Sombras

Espíritu humano, silencio y palabras que se cayan, que duermen sin sentido y pierden sus alas en la caída del tiempo... se rescribe la histria con sombras y luces mientras los pasos por el derrotero se hacen saltos y derrumbes.


I

El bosque öscuro se arroja en los versos que caen,
sus sombras terribles despojan latidos del tiempo
y dejan las aves sus cantos a medias. Tinieblas,
tinieblas marchitas: cascadas de llantos: invierno.
Vacíos dejados por hadas que huyeron del mundo
azul, enlutadas. La niebla provoca el incierto.

Ahogan los árboles tristes la vida del ángel,
sus plumas añejas se caen del cielo desierto.
Los niños perdidos no encuentran caminos antiguos,
tan sólo peñascos de secos sonetos y viejos.
La tierra que tiembla remece raíces ajenas
de ajenos alerces que mueren sin más que silencio.

La magia que corre, se oculta miedosa en la sombra
del duro sepulcro de Apolo. La música calla.
Las piernas se doblan de enfermas y cae el infierno
tapando de sangre reseca los prados de escarcha,
sembrando las lágrimas sucias en fuentes baldías
que añoran el agua que lejos del sol se ëscapa.

Los troncos que quedan se pudren, se mueren sin alma.
La luna ocultada tras velos de niebla es recuerdo:
la sombra de Cronos que fue desterrado al abismo
perdiendo su cetro de rey de los cielos. Un cuervo
arranca los ojos al ángel de älas marchitas,
igual que los vientos las flores del seco cerezo.

¡Tinieblas, tinieblas! La sombra que envuelve la vida
y tiñe de negro al anhelo, recorre las venas
del bosque y cultiva venenos que matan la magia,
la musa y el sueño. Canciones de notas perplejas
que miran perdidas la bruma, se arrojan dolidas
al foso del mosntruo que apaga las últimas velas.

II


Cabalga en las sombras del bosque, dormido y callado:
el ángel de plumas quemadas persigue la dicha
que ya no recuerda, olvidada tristeza. -Corcel
cansado te doblas y caes tirando mentiras
que fueron verdades quel viento robó del sendero
florido-. Silencios que callan los ecos de risas.

La magia que fue, suspirando, se marcha en tinieblas
bajadas del bosque marchito y de troncos muertos.
La niebla plagada de espectros (fantasmas albinos)
rodea con sangre añejada los cuerpos resecos,
pintados con tintas de viejos amores y llagas.
los siglos se paran... el ángel olvida a los elfos.

Volando, sus alas pesadas, se estrellan lloradas
en muros de mármol gastado por luchas divinas,
y sólo recuerda la marca de un gris laberinto,
antiguo pasaje del cielo al infierno. La brisa
congela los lutos de Dios en las venas del Diablo.
Bajando, los rayos incendian la luna crecida.

Errando en sus pasos, llevando en su espada quebrada
los mismos temores del hombre, recorre las nubes
que fueron su reino de música y magia perdidas;
las ruinas se abisman en su alma: ¡son crueles derrumbes
de piedras, de besos que queman y de ojos que callan!
El ángel, de tinieblas y sombras, orando, se cubre.

Una última flor que germina en su suelo de rocas
se eleva por vientos de sueños de rotos cristales.
¡Sus alas ni polvo levantan del Templo caído!
Vencido, tan sólo camina a la sombra de edades
y bosques que ahora no existen; su luna se apaga
y el viejo camino lo pierde de amor y maldades.

III

El alma torcida, inclinada en la bruma muriente,
tormenta cansina que inunda los mares tranquilos.
Sus piernas quebradas se doblan y cae el silencio
nocturno, cargado de ruidos y anhelos marchitos.
Temblando sus manos, recoge las lágrimas secas
que brotan del miedo y la sombra de besos perdidos.

Deserta al amor y al destino por musa escondida
del tiempo en cortinas de suave neblina y placeres:
llovidos cabellos que enmarcan su pálida luna,
su piel, su sintura temida. Abandona sus huestes;
su espada envainada defrauda a los ángeles: hielos.
El bosque lo oculta del tiempo, ¿será amor por siempre?

¡Tinieblas, tinieblas! La vida se escapa del mundo,
los magos perdidos no hechizan los versos enfermos.
Los cielos arrojan los rayos que anuncian pesares:
tirando los árboles surge un nuevo ïnfierno
la lucha celeste, las hadas se escapan, el bosque
se quema. -Saetas alcanzan la musa que amaste.

El alma torcida, mirando al maltrecho despojo,
empuña la espada: despierta el guerrero divino.
Se agrieta la tierra, remecen los suelos que mueren
sangrando venenos. -Tu copa derrama tu vino.
Mellado el acero en la roca sombría, marchita
la mano... Ya sólo quedó un incierto ölvido.

-No veo ni siento, ¡mi herida abierta no sangra!
En tristes lamentos, las lágrimas negras penetran
la tierra que estéril engendra demonios y piedras.
Rodillas al pasto reseco, enlutado y ajeno,
el tiempo abandona esperanzas de arcilla y ponzoña,
las alas cansadas que nublan los ojos viajeros.

IV

Y mientras se duerme el silencio, despiertan las lágrimas
que rondan las piedras, cenizas y troncos caídos.
Un nuevo despunte es olvido, descanso de un sueño.
Si duelen las llagas, más duelen los besos queridos...
Mirando la tierra que es vida y sepulcro y espejo,
refléjanse el sol y la luna en eclipse y caminos.

Eclipse de puerto y camino concierta el encuentro
del mago y el hada, del ángel de espada quebrada
y de la dormida sin sangre, de rostro de escarcha.
Y el llanto que inunda las ruinas marchitas reclama,
airado, los brotes de un bosque de sauces y espinos.
Tinieblas y sombras en hielos y vientos se abrasan.

Durante la noche las flores crecían encima
del cuerpo tumbado; y ahora florecen los ojos:
si bien muy lejanos, con ellos renacen anhelos.
El ángel sostiene a su musa de atuendos rotosos,
tan fría que quema sus brazos, bañada en recuerdos
de besos que duelen, cantando los versos mortuorios.

Los dioses de antaño quedaron en versos grabados,
guardados del tiempo en sus arcas de alerce y astilla.
Con alas caídas recorre incipientes verdores, las rocas
se ablandan pastando la corza venenos y ruinas.
Las hadas hechizan la sangre que riega la luna,
tiñéndola clara de un suave sabor a vainilla.

Atrás ha quedado su cuerpo, cubierto de ensueños,
mas su eco resuena cual viento abrazando a las hojas
del bosque, rimando el arrollo y el canto del ave.
Las sombras dilatan su suerte debajo de rocas:
el ángel aún llora, recuerda el silencio sonoro,
pues, ¡llantos de estío otoñan su alma devota!


Lavengro
Escrito entre febrero 22 y marzo 2 de 2005.

abril 12, 2006

Oscuranto

He aquí mi primer poema... quién iba a decir que después de estos versos locos emprendería el camino errante de un aprendiz de vate.

I

En mi mente, en mi alma siento
la tormenta fría y muerta.
En el grito cae inerte
el futuro mundo enfermo.

Paranoico muerto-vivo que lloras

tranquilo. Siete llaves perdidas
para ti son puertas llenas de infierno.

Paranoico muerto-vivo que lloras.

En su marcha el tiempo quieto
del ocaso negro triste
de los dioses: calla gritos
desgarrados, solos, libres.


La tormenta mata risas que cantan

(energía viva de almas sin vida)
en mi cuento que no estaba correcto.

Paranoico muerto-vivo que lloras,

asesino.

Esta noche muero en vida

el futuro mundo enfermo
mientras cuervos vuelan libres...
¡Mientras muertos andan libres!

Oscuranto, mambo alegre que muere
en la roca muerta en medio de nada

y las negras nubes mojan mi cara
en su llanto: sangra el dios las heridas

de aquellas puertas llenas de infierno.


Paranoico muerto...
lloras sobre mi alma.

II

El humo sobre el agua opaca luz
que llena en ríos vivos
mi alma azul.
Y lloro, y lloro, y lloro, y lloro solo;
y pierdo trenes, barcos... y sólo lloro.

El humo que entra libre en venas blancas
ensucia negras mi alma y estas alas.
Mis venas manan muerte negra fría
y cruge toda tabla de mi vida.

El humo sobre el agua vierte penas:
arrollo vil, petróle
o de estepas.
Paranoico río oscuro encierra frías

cadenas muertas: atas fría vida del humo.
Piedras llaves que abren almas

y cortas sueños y matas esperanzas.

III


Cadenas que se lleva el viento olvidado

en cuentos olvidados: tiempos muertos.

Disfruto este silencio: quiero oscurantos.

Candelas que se lleva el viento olvidado,
camino solitario: sí abandonado.
Palabras que se lleva el tiempo dormido
en lágrimas de lluvia y tristes lam
entos
de dioses que cansados mueren olvidados.

Ciudades que están sin ser.
Personas que están sin alma ni luz
como ojas de manzano viejo otoñado.

Disfruto este misterio: luz apagada.

El sol resucitado: viento olvidado
en tiempos olviados: cielos muertos
en frías tormentas: dioses dormidos
en tristes lamentos: cantos callados
en bocas cerradas: rocas mojadas
en tierras secantes: luz apagada
en llamas dormidas: viento olvidado
en Yo abandonado...

IV

Me cubre la sombra de muertos perdidos
en lágrimas tristes, en lágrimas secas.
Me cubre la sombra de sueños despiertos.
Mis pasos se sientan en rocas gastadas
y blandas igual que edificios torcidos
e igual que ocaso de dioses perdidos.

Camino en penumbra en compaña del ánima
cansada de tanto llorar su castigo:
cansada de tanto arrastrar su cadena:
cansada de tanto llorar sin su lágrima:
cansada de tanto sendero perdido
en noches malditas y muertos despiertos.

Me cubre esta sombra en recuerdo de días
de sol que su cálido fuego abrigaba
en lana sentires de amores vividos.
Me llaman tormento: oscuranto dolido:
un karma pasivo: un demonio dormido.
Me cubre esta sombra que quiero dejar.

La noche se cae en metal de abandono
a mi hombro que en plumas forjado se rompe.
Me cubre la sombra de yeso pesado.
Me miro e infiernos caminan penando
a esta alm
a extraviada que incalma se duerme
cargada de tantas labores sin fin:
cansada de tanto sendero perdido.

V


El ocaso de los dioses:

humanidad sin un credo
y que disvirtúa esperanzas.

¿Qué esperanzas?
¿Aquellas que son como nogmos
que sabemos que están y no los vemos,
o aquellos duendes ocultos en el bosque?
¿Qué esperanzas?

Humanidad sin dioses
es un mundo vacío de muertos
que zombis transitan sin sentido.
Mundo cargado de agonías
y cargado de infiernos.

El guardián de las siete llaves
perdió el sentido y perdió las llaves:
siete puertas llenas de infierno abiertas
liberan sobre el bosque su maldición:
camisas manchadas de sangre:
cuervos negros que sacan los ojos:
jarros de lágrimas resecas.

El ocaso de los dioses
muertos en las manos de un hombre
que llora por la muerte de un mundo olvidado.

VI

El cielo se nubla con manchas oscuras
que apagan los rayos de vida en tormentas
de fuego que queman cansados la luna
y queman praderas floridas sin penas.

Al cielo profanan las nubes y el fuego
y cae la noche y se sueltan temores.
Perdidas estrellas confusas del cielo
se caen en llamas que queman las flores.

Un cielo profano se nubla con lágrimas
que fluyen en ríos de sangre opacada.
Un tiempo sangrado se llena con ánimas

perdidas y atadas a vidas pasadas.
Al cielo profanan las nubes y el fuego
y el hombre profana santuarios del tiempo.

VII


Un río de aguas negras:

un mar de olas negras:
un
cielo de estrellas negras:
sonata de música negra
que se refleja en mi
polera de tela negra.

Entre tuberculosos
y entre leprosos,
entre abandonos y olvidos
de un mundo creado,
la lágrima salada de salitre y estaño
que, desde las entrañas del ánima,
quema mi piel y derrama mi sangre.

Sólo escucho desgarradas voces sangrantes
que acusan olvido
tristeza
sueños de un mundo olvidado.

Sueños de un dios olvidado,
que entre las manos de un mostruo humano
ve nacer su ocaso en su muerte
como un eco del silencio:
es una sombra en su luz.

Ya no vivo ni tampoco como.
Ya no duemo ni tampoco despierto.

En una noche húmeda
llena de temores, fríos y oscurantos
voy muriendo, voy subviviendo
del alma en cuerpo
que profanado se pudre
como manzaa en el olvido
y abandonada en el suelo.

Ya no vivo, sólo vivo mi oscuranto
abandonado en el tiempo
mientras mi dios vive su ocaso.

¡Siento que mi vada es vida póstuma!

Lavengro
Nogales, entre Noviembre de 1999 y Marzo de 2000.

abril 03, 2006

(Sin Título)

El nudo que tengo en la garganta se hace mil apariciones de nostalgias pasadas, de llantos dejados en la fuente resquebrajada, marchita flor disecada por los rayos machacados de un sol machacado.

Tísicas maldiciones se hacen piedra en mi nariz irritada, en mis ojos de acero oxidable. Ya no suenan las notas de la música y se callan las palabras en esperanto.

Mis pálidas y frías manos de la muerte se afiebran por la lluvia que no llega, por el viento que huyó del aire! Silenciosamente veo que ya no quedan luces ni quedan sombras... Dónde quedaron, y a dónde, los labios de la noche, se marcharon?

Lavengro
Viña del Mar, Abril 3 de 2006.

marzo 24, 2006

A Valparaíso

Esta pseudo-oda-epístola al Puerto sólo son locos versos enredados en sus locas calles y escaleras.

Tu nombre es Pancho
aunque a ella no le agrade.

Noche a Noche subo a tu pequeño cielo,
cargando mi pesado bolso de anhelos,
de sueños, de tristezas, de llantos y de besos.
Tropiezo en cada escalón de tus calles,
cada uno de ellos tallado, forjado y grabado
por los dientes de algún borracho que besa tu suelo,
clandestino como los huecos que regalas a tus amantes.

Gritas, viejo Puerto, en los ladridos de tus perros
que se rascan las pulgas en cada mural marchito.
En cuatro patas conocen tus rincones de esquinas redondas,
esperando la luz verde para cruzar del cerro al Pacífico,
para abordar cada lancha y cada puerta que ofrezca un pan
y huir de los palos voladores que son como tus casas voladoras.

Tu nombre es Pancho,
también algo borracho,
aunque Valparaíso ella te llame.

En tus bares se bebe melancolía;
tus sarmientos ya no destilan vino añejo,
sino arrugas, canas, escaleras y recuerdos.

Alguna vez te prostituiste a los marineros,
mas hoy eres un puerto de estudiantes;
en tus barrios todos son profesionales de la vida:
cogoteros, traficantes, ahogados y rameras y arquichantas,
matasanos, hocicones y ¿honorables dijo alguien?

Tus casas de cartón que el viento sostiene en el firmamento
son árboles de pascua como la champaña en año nuevo,
como los mariscos para mí esquivos del mercado
que hoy están a luca y ayer pintados por Lukas.

Pancho es tu nombre
aunque a ella no le guste.

De la mano de la loca pluma de Pablo
y del imaginario pincel de Roberto,
tus muros trepan como lagartijas
las copas florecidas de tus cerros.

Los tacos de tus mujeres suenan a tango
y suenan a sudores mezclados con besos y tragos.
En ti, amigo Puerto, conocí sus labios liberales,
tan libertinos y esclavistas como una caña de vino
tomada a la salud de un bolero que desafina en la guitarra.

Tu nombre es, Puerto loco, Pancho
aunque ella ignore mis palabras.

Si Pascua tiene al hombre pájaro,
tú tan visible tienes
(y entre las piernas tan invisible)
al hombre caracol:
el que asoma la cabeza al sol:
el que estira la mano y ni el viento la estrecha:
el que lleva sobre su espalda la casa de colchón...

Discúlpame Pancho si mis versos se callan,
disculpa a mi canto orgulloso como las odas
que esta noche sólo silencios interpreta.
No soy poeta ni tengo nombre
y soy tan inconcluso como tú, Valparaíso:
eres un poema de puerto jamás terminado.

Y amor, aunque no te guste,
mi amigo puerto se llama Pancho.

Lavengro
Valparaíso, Marzo 21 de 2006.

marzo 21, 2006

Entre Café y Tabaco


Entre café y tabaco
las sombras se hacen humo
y la luz madruga
en lo profundo
de un rincón moribundo.

A veces,
cuando conozco
los límites del tiempo infinito,
cuando caminan las piedras
entre las inmaduras grietas,
me hago humo y sombra
y cristales de escarcha.

El vapor se escapa
simulando siluetas
de mi café insurrecto
atrapado en su jaula de taza;
se niebla mi mente
con sabores oscuros.

Entre café y tabaco
y entre palabras secas,
una brisa de invierno
alcanza mi rostro:
testigo de mi saber
que carece de conciencia
y testigo de mis pasos
sobre espinas amantes.

Lavengro
Escrito en Valparaíso, 2003.

marzo 12, 2006

Desnudo mi Niño


Ahí, entre la niebla de un día marchito,

llorando a la sombra de un viejo farol,

desnudo de sueños se duerme mi niño.


Un perro que ladra y se rasca sin don

asalta los pasos de toscos viajeros,

y muerde talones del viento y del sol.


A dónde marcharon los dos relojeros?

En dónde quedaron tiradas las risas

si sólo los llantos adornan floreros?


Los ecos se pierden sin ruido ni vida,

las luces no alumbran y gana la noche...

Mi pierna no avanza: se obstina dormida.


Desnudo mi niño tirita sin goce:

los autos de palo cenizas quedaron:

los juegos lo dejan sin nuevos sabores...


Un pájaro muerto se oculta debajo

del puente esperando que llegue la brisa,

mas ésta quedó encadenada a los ajos.

Desnudo mi niño no tiene carita!


Lavengro

Viña del Mar, Marzo 12 de 2006.