agosto 17, 2006

Cerrando sus Ojos


Cerrando sus ojos de piedra pulida

el perro recorre los pastos sinceros

de tierras dormidas, amantes sin prisa,

recuerda ladridos que fueron lanceros.


Orejas caídas, sus patas cruzadas

(reflejo del sol de la tarde que busca

su cama de mar, su horizonte de paja),

sus pelos cansados parecen la lluvia.


Explotan las notas de viejas guitarras,

evoca los golpes de largas carreras

que siguen a gatos, la presa inventada.

Cerrando sus ojos el perro recuerda.


Su cola, primero, se duerme, después

no alcanza los ritmos del juego ëterno;

soldado valiente que sabe de fe,

que muestra sus triunfos, que afronta sus yerros.


Ladridos sin ecos se escuchan lejanos;

el perro que cierra sus ojos me mira,

altivo me dice “vivimos cercanos,

ahora el tiempo me llama, la vida

termina, mas nunca se acaba...” suspira.


Lavengro

Nogales, Septiembre 15 de 2002.

agosto 07, 2006

Fantasma

Si el sol se esconde,
si el tiempo pierde
su ritmo eterno,
yo sigo el norte
con brújula ida.

Mi sombra sigue
su vida sola,
sin mí, sin alma.
Si el fuego enfríase
en manos mías,
la luna triste
se esconde tímida
tras nubes viejas,
tras nubes negras:
fantasma en niebla
eterna. Lluvia
que moja seca:
linterna ciega:
sonido sordo:
parlante mudo:
nariz tapada:
oído sucio...

Yo sigo el norte
con brújula ida
en ecos mimos.
Mis horas llegan
en hojas secas
que roba el viento.


Lord Lavengro
Viña del Mar, Julio 22 de 2002.

julio 28, 2006

Como un Café

Eres como un café: acogedora,
tibia, simplemente tú, natalicia,
quemas con tu calor a mis labios,
besas con el misterio del trino,
diosa y milagrosa.

Negra como un café, misteriosa.
Viajas por mí, en mi cuerpo de taza,
trémulo por tus manos silenciosas,
niño cuando tus ojos me penetran
ávidos y dueños.

Quemas como un café, maliciosa,
cruel y siempre acaricias mis labios
tuyos, que dejan puertas abiertas
para que tu saeta se ensarte
fría y vengativa.

Eres como un café: deliciosa,
cruel y vengativa y misteriosa.

Lavengro
Escrito en Valparaíso, 2002.

julio 17, 2006

Inconclusos

Poemas sin terminar de una historia ya acabada.

I

Esta noche la Luna es más negra para mi alma, los grillos no cantan sus romances sino que lloran sus desdichas.

Cada Estrella que me mira desde un cielo inalcanzable se ríe silenciosamente de mi vida póstuma, caprichosa y marchita.

Las roídas membranas de mis demoniacas alas son las huellas que quedaron tras la lluvia de espinas que fueron tus palabras.

Recuerdas, mi pálida amante, cada palabra que desperdiciamos en el vacío de nuestros ojos de piedra y transparente escarcha?

Fueron nuestros versos los sentimientos en que paramos nuestro castillo de arena que se llevó el viento de las mentiras?

Eras un hada errante que derramó su sangre entre las secas espinas de mi negro jardín de rosas muertas.

Te encontré lacrimosa mientras tus llagas florecían a causa de la ponzoñosa soledad de mi palacio caído.

Mis labios bebieron tus lágrimas y mis manos sanaron tus heridas; tus ojos derribaron mis muros podridos.

Ya nada queda sino recuerdos y espejismos de fantasmas y una que otra partitura corrompida por desafinadas mentiras.

Compartimos cada muerte en la alegría de un nuevo despuntar, velados al mundo en la crónica melancolía de nuestra piel.

Mi espada quedó rota en la última batalla y tu corazón pereció víctima de la saeta poluta de angelicales envidias.

Mis ojos que conocen la hondura de las sombras extrañamente no distinguieron las notas de tu voz entre los ecos del silencio.

Sigo reinando los Siete Infiernos, disfrutando el cálido vacío de sus rincones oscuros, adornados de lágrimas, versos, sangre y pasión.

Mas, sigo también recordando...

II

Esta noche es noche de tango,
y también es noche de muerte.
En algún momento me quedé encerrado
en la discordia entre la luz y la sombra.

Los ecos del silencio se perdieron
en el vacío de tu distancia.

Me suena tu voz en la conciencia
mientras se escapan clandestinas
cada una de tus miradas inciertas,
cada temblor de tu cuerpo efímero.

Dónde quedó el juramento de tu eternidad?

El poema de tu nombre quedó escrito
por tu pluma callada en papiros de aire!

Mis ojos sangran sus lágrimas,
derrochan sus emociones guardadas
en la secanía inerte del tiempo fugado.

Los ecos del silencio se perdieron
en el vacío de tu viva muerte.

III

Distancias inexorables,
vacíos oscuros que opacan la mañana
con la lejanía de tus palabras
y el silencio de tus labios enclaustrados.
Dónde están tus ojos inciertos,
aquellos que un día fueron mis antorchas?
Dónde se fueron tus pasos,
que hoy son un sendero
que se pierde entra tanta maleza?

Escondido entre la niebla
los murmullos del viento son sentencia:
la condena a una celda sin paredes:
el destierro de uno que nunca tubo tierra.


Un día tus manos fueron comida,
el elixir que calmó mi sed de compañía.
Me quedan como marcas de latigazos
los recuerdos de tu conscupiscente cuerpo
que se enredaba en mi piel desnuda,
encarnándote en mi pecho hasta tu alma!

Lord Lavengro
Viña del Mar, entre junio y julio de 2006.

julio 11, 2006

Dejen que el Poeta Escriba


Dejen que el poeta recoja sus versos,
brotan de la tierra y regalan sus frutos
para que los ojos derramen su llanto
sobre nuestro suelo y renazcan los verbos.


Nunca las estrofas terminan lejanas
de los corazones inquietos. El vate
sólo es quien cosecha palabras dormidas
y las deposita cual vino en las jarras.


Cerros... son montañas que esperan su turno:
letras del gigante cerebro que esconde
flores en la sombra tallada con nubes.
Dejen que el poeta nos grabe nocturnos.

Música del agua que corre roncando
mientras los silbidos del viento en los árboles
llenan de poéticos pensares al alma,
sé que los vocablos emergen cantando.

Viejos los papiros nos hablan del tibio
génesis de versos añejos del polvo.
Como las pirámides, siguen en pie
los ya sepultados linajes del libro.

Hojas de papel son las cajas que fuertes
guardan los sonetos del hombre pasado
en que los juglares dejaron constancia
del gran Cid y también de sus huestes.

Lord Lavengro
Viña del Mar, Octubre 26 de 2001.

julio 03, 2006

Dos Cartas Sin Título

El espiral en claroscuro gira y cada pregunta tiene una respuesta y cada alegría su similar cuota de tristeza.

Es sólo simiente de bronce y de plata
que brilla sonriente en la luz de la luna.
Es sólo la base del vientre llamando
a ser una fragua del hijo que tú amas.

La loza en que el tiempo lo forja, cual Dios
pequeño que escribe sus versos con letras
en oro dorado y brillante del suelo.
Es tierra en la carne que cambia mi Dios!

Y brota denuevo la vida del mundo:
origen de piedra que sangre se fluye
en ríos de rojo camino y nativo.
Separa la calma y la duda del nudo

que amarra culebras eternas que fueron
pecado del hombre pasado y que es carga.
La génesis limpia del hijo que llamo
a ser heredero de niños que juegan.

La madre del sueño es el nombre del tiempo
que entona la danza natura en planeta
de flores y fuego y espinas eternas.
Al ave, sus alas la eleva hacia el cielo.

La forja del barro en la mano artesana
del útero fémino, llámase Tú.
Mujer de mis noches y de días intensos,
valoras al hijo que quieres de mi alma.

Algún día te escribí, poema torcido,
mas nunca me dijiste "vate, recuerda,
del sueño despertamos todos". Callaste.
Estrofas que jamás dijeron palabras
reales ni tampoco mentiras piadosas...
Algún día te escribí, poema mordido,
mas sólo callaste...

El tiempo recorrido es sólo tardanza,
es sólo un centinela viejo y dormido.
Naciste, te mstraste a vodas genuinas
y nunca los sonidos vieron salida
de bocas clausuradas, voces de mudos...
Algún día te escribí, poema encerrado,
mas nunca me hablaste...

Lord Lavengro
Escrito en Nogales, algún día.

junio 27, 2006

Sigue el Silencio

Sigue el silencio
cuando te calles.

Mira las rosas:
mira el misterio
del cementerio:
huele las flores
recién marchitas...

Sigue el silencio
cuando no escuches.

Mira la lluvia,
oye sus gotas
romper la tierra:
grabar palabras
de tintas blancas
en hojas blancas.

Sigue el silencio
cuando me calle.

Lavengro
Viña del Mar, Febrero 25 de 2003.

junio 15, 2006

Helena

Tengo el divino placer de presentar un bello cuento escrito por una gran amiga, autora de hermosos poemas,mas aquí está su delicada prosa, hondando en lo profundo de las sombras, para el del alma nocturna y en los confines de la muerte.


Helena era una muchacha hermosa, como la mítica mujer que le había dado el nombre; no obstante era callada y solitaria. Jamás salía de día pues su tez y cabello eran tan blancos que la luz del sol le lastimaba la mirada. Siempre vestía de negro, aunque algunas ocasiones gustaba de traer rojo sangre sobre su piel para cubrir la desnudez de su alma.

Silenciosa, una noche enmudecida; cada palabra podría haber semejado el viento que susurrando entre las fracturas de las paredes de un pueblo abandonado, mas nunca se escuchó de su boca algún sonido articulado, ni tampoco se dibujó alguna vez en su rostro, como en un lienzo donde el pintor plasma bellas pinceladas, una sonrisa.

Amigos, maestros, extraños... todos la veían como un fantasma, pues jamás la más mínima expresión se marcaba en su rostro. Los desconocidos que alguna vez la habían visto caminar elegantemente por las aceras, juraban que era un espíritu en pena y muchas personas más que era un ángel de la muerte: tanta hermosura, tanta elegancia y tan extrema palidez no podían ser de un humano.

Su perfecta piel, su cuerpo delgado y finamente delineado, sus ojos azules tendiendo hacia el blanco, su cabello blanquecino, lacio y largo, y la estoicidad de su rostro, la hacían verse como una muñeca antigua de porcelana que flotaba por las calles.

¿Qué terrible penumbra se ocultaba tras su inamovible mirada?. Algunos que la habían mirado durante años pasar frente a sus ventanas decían que encerraba mucha maldad, otros más decían que era locura; no faltaba el idiota que cada vez que ella se acercaba, le gritaba “satánica”, pero Helena parecía no escuchar pues siempre continuaba caminando... flotando y caminando.

Conforme los días de su vida corrían, aquella pequeña muchacha se tornaba cada vez más inexistente, más fugaz.

Una noche, un extraño que pasaba a su costado, vio que una lágrima azul acariciaba la mejilla de su inexpresivo y transparente rostro.

— Hola. Disculpa ¿estás bien?

Helena sólo giro un poco sus ojos y siguió de largo en su caminata silenciosa.

—¿Te molesto? Sólo quiero ayudar ¿puedo ayudarte en algo?

Esta vez, Helena ni siquiera miró al muchacho, siguió caminando con la vista dirigida hacia la nada.

—¿Se ha muerto algún familiar tuyo? Porque sólo así vestirías ese abrigo negro en esta calurosa noche de verano— luego dejó que Helena caminara unos cuantos pasos frente a él para volverse a dirigir hacia ella con un tono muy serio e inquisitivo —¿no crees que al menos deberías responder el saludo de un extraño? ¿o es que te comieron la lengua los ratones?... ¿no es hora ya de dejar el silencio atrás?
Esta última pregunta seguramente perturbó a Helena, pues se detuvo repentinamente. Se quedó quieta por un corto instante, pero tan largo como el momento justo antes de la muerte.

El extraño la miró y vio que Helena humedecía sus labios; observó cómo ella contemplaba el cielo para después girar su cabeza inclinándola levemente hacia su izquierda. Helena lo miró y parpadeó.

—Me das miedo— dijo el extraño

“Entonces vete, todavía no es el tiempo” escuchó el joven, mas no vio que Helena moviera los labios.

—¿Tiempo de qué? ¿Cómo lo sabes?

Dos gotas azules más enjugaron sus ojos. Ella los cerró suavemente y las lágrimas cayeron sobre sus manos abiertas, las cuales había levantado con las palmas hacia arriba hasta la altura del pecho, a modo de plegaria.

Con la humedad de aquel sollozo, tomó el rostro del extraño entre sus manos; se acercó a él y cerrando los ojos le besó en los labios mientras su llanto seguía derramándose y contaminando con humedad las mejillas del muchacho.

En el momento que lo besó, unas blancas alas de lino comenzaron a extenderse a la espalda de él, ondulando por un fuerte viento que sopló en el instante y rugía entre los edificios de la calle. A Helena comenzáronle a manar unas alas metálicas de color negro que se extendieron a su máximo.

Después, soltó el rostro de aquel extraño que resultó ser un ángel, tal como ella alguna vez lo había sido y podría volver a serlo.

Helena respiró profundo antes de abrir los ojos y cuando los abrió, estaba, como era en un principio, recostada sobre un acolchado satín blanco, que recubría el ataúd donde había permanecido por años, debajo de una tierra cubierta por musgo. Sólo fue otro sueño, como todos los demás.

—Quizá el sueño de mañana me vuelva a la realidad— dijo suavemente, mientras cerraba los ojos para volver a soñar...

Karina González

junio 12, 2006


No hay de qué escribir esta noche, como todas estas noches. El silencio es un pálido fantasma que atormenta a mi reseco tintero, huérfano hasta de la última letra agonizante.

La pluma de Lavengro está marchita: ya no sangra sus oscuros versos. Mi papiro es hoy sólo escarcha, un lívido testigo de mi póstuma vida.

Los épicos cantares de Simone caen al vacío enfermo de mis Siete Infiernos, que sufren tristemente el abandono: ya ni los ecos quedan de mis viejos demonios.

No hay fuerza en mi mano para blandir mi rota espada -fiel compañera en legendarias reyertas- que reposa en sus recuerdos marginada del ensueño de los ángeles caídos.

Lord Lavengro
Viña del Mar, Junio 12 de 2006.

junio 04, 2006

Mi Hermana Noche



Hermana noche, camina en mi cuento;
entrega calmos tropiezos del día
al sueño eterno del cáncer revuelto.
Amiga, cántame tus melodías.

Dejemos lagos profundos, silencios
callados, notas aladas y nuevas.
Si vuelas lejos del tiempo, sentencio,
sin culpa al hombre, viajar sin sus ruedas.

Mi hermana, noche, mi noche; mis versos
son flechas como la lanza más larga
que llega al centro del mundo con besos

de estrellas lisas. El arco es de roble.
Del piso, piedras caminan labranzas
del cielo: trigo que clama redobles.

Hermana noche dormida en sonidos
de flores, líbrate, entrega tus almas
al fuego: vive, levita conmigo.
¡Seamos tiempo, soltemos las plantas!

El límite arde con llamas perpetuas;
se quema tibio en palabras mojadas:
caricias hablan con cálidas lenguas.
El beso explosa, remecen sus balas.

Comienzan lluvias, hermana nocturna;
Sudores dulces de cuerpos nubosos
se caen blandos al suelo de luna.

Extiendo alfombras de oscuros ensueños,
la piel mojada, silencios ruidosos.
Se elevan almas del fértil subsuelo.

Lord Lavengro
Escrito en Nogales, 2001.